Thoughtful in The Dark

Cuando El Corazón Se Rinde

February 23, 2022 Ralph Cortes
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Cuando El Corazón Se Rinde
Feb 23, 2022
Ralph Cortes

El tiempo deja marcas en nuestras vidas. Pero el tiempo también deja su efecto en nuestros cuerpos. A medida que entramos en edad, se nos dificulta ser quienes en una ocasión fuimos, y de hacer cosas que solíamos disfrutar. Hay momentos en que cuando necesitamos estar en pie de lucha, y aunque la voluntad este presente, el cuerpo nos recuerda donde estamos ahora, y del por que en ocasiones, el corazón, se rinde.

Time leaves marks on our lives. But time also leaves its effect on our bodies. As we get older, it becomes difficult for us to be who we once were, and to do things that we used to enjoy. There are times when we need to be fighting, and although the will is present, the body reminds us where we are now, and why sometimes the heart simply gives up.

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Show Notes Transcript

El tiempo deja marcas en nuestras vidas. Pero el tiempo también deja su efecto en nuestros cuerpos. A medida que entramos en edad, se nos dificulta ser quienes en una ocasión fuimos, y de hacer cosas que solíamos disfrutar. Hay momentos en que cuando necesitamos estar en pie de lucha, y aunque la voluntad este presente, el cuerpo nos recuerda donde estamos ahora, y del por que en ocasiones, el corazón, se rinde.

Time leaves marks on our lives. But time also leaves its effect on our bodies. As we get older, it becomes difficult for us to be who we once were, and to do things that we used to enjoy. There are times when we need to be fighting, and although the will is present, the body reminds us where we are now, and why sometimes the heart simply gives up.

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Cuando el Corazón se Rinde

En una remota isla en las costas del país de Australia, existió un misterio que hasta hace poco se pudo esclarecer. La Ciencia trataba de entender el por qué, de una manera misteriosa, los tiburones se dirigían hacia las aguas adyacentes a este islote, en un momento específico del año. Los rastreadores electrónicos que biólogos marinos pudieron adherir a cientos de estos majestuosos animales leían la misma trayectoria. En un tiempo específico del año, todos se encontraban allí, como si en un encuentro socio-casual.

La razón por la cual se daba este fenómeno era una triste. Lo que atraía a los tiburones a esa región era un olor. Un fuerte olor que les anunciaba la oportunidad única y exclusiva de alimentarse sin discriminación, y sin temor a la escasez. Pero este olor no era uno tradicional. No son de los que emanan de los poros o jugos de pigmentación que identifiquen a la especie de animal a punto de convertirse en comida. Este olor que describo era el olor de la muerte.
Durante esa época del año miles de tortugas marinas nadan hasta esta isla para dejar sus huevos. Estas viajan miles de millas oceánicas, a través de un considerable tiempo, solo para dejar el futuro de su especie en la forma de huevitos enterrados en la tierra. Y al parecer el proceso es simple. Ellas nadan hasta allí, luego se arrastran por la tierra poco a poco, hasta llegar al punto de depositar sus huevos. Una vez este se ha completado esa parte, el proceso es revertido. Comienzan a desplazarse lentamente en la tierra, pero en esta ocasión, es para llegar al agua nuevamente.

Y he aquí donde se desarrolla el olor de la muerte. Cientos de ellas, al experimentar un poco de debilidad cuando terminan el proceso de poner sus huevos, sucumben a la extenuante temperatura que el sol allí produce. Cientos de ellas se arrastran hasta morir. Muchas de ellas no llegan a completar el ciclo, y tristemente, terminan muertas en la tierra. Esta mezcla de un cuerpo animal sin vida, la humedad del área y las altas temperaturas provistas por el sol, se combinan para producir el toque inequívoco de su fin. Es este el olor que alerta a los tiburones del potencial festín de alimentación de los que serán parte. Este olor les da la señal de que cosas buenas sucederán, y la razón por la cual todos convergen en ese espacio de agua. Te preguntaras hacia donde me dirijo, y te prometo que la analogía, será completada.

Y es que, en ocasiones y en ciertos eventos particulares de los que he vivido, me he sentido como una de esas tortugas. He sentido el llamado de volumen considerable, ha completar planes que implican el simbólico nado en aguas turbulentas y de incertidumbre del alma. He visto la necesidad de ponerme a riesgo, en medio de cualquier peligro, para estar seguro de que estoy en la capacidad de vivir y hacer a otros vivir. Y cuando hablo con esta terminología, me refiero a que he sentido dar el todo como esas tortugas marinas lo hacen con sus huevitos, para asegurarme de que no solamente sea yo feliz, pero también proporcionar el escenario de vida a otros.

Cuando se trata de mi estado emocional, me he visto en la necesidad de arrastrarme hacia la orilla. He visto la necesidad de pelear contra las altas temperaturas del alma, y contra el clarividente sangrado que los granos de tierra producen en mi piel.  He sido testigo en muchas ocasiones, de como veo otras de ellas llegar al hasta el agua, solo para desaparecer en las profundidades de las opciones. Otras las veo siendo devoradas por los conflictos disfrazados de tiburones, y quienes cuyos dientes afilados y diseñados para el desgarre del tejido emocional, hace exactamente eso. Destruyen las células del deseo, las fibras del pensar, los tendones de las oportunidades, y los músculos de los sueños. El bello azul del océano repentinamente se mezcla con el rojo del fin.

Y como estas tortugas no preveían que las altas temperaturas terminasen con sus vidas, continuaban el proceso sin pensar en los peligros o consecuencias. Esto para ellas era un ciclo normal de vida. Era algo necesario de hacer. Lo mismo hice yo. Nunca me detuve y jamás sentí miedo a las consecuencias del arriesgarme a estimar, a querer o hasta de amar a alguien. Siempre estuve consciente de lo largo que seria ese viaje, y a todos los peligros que me podría encontrar. Siempre supe que esa isla donde todo eso se haría realidad estaba lejos, pero creí también en el indeleble respaldo de las corrientes marinas en forma de los latidos de mi corazón.

Siempre nade sin miedo, siempre me arriesgue sin pensar. Año tras año, de país en país, de una casa a otra, siempre sufrí las condiciones de esta encomienda, pero nunca me rendí. Al igual que estas majestuosas tortugas, me arrastre hacia mi destino hasta no poder más. Comí tierra, bebi de mi propio sudor y lágrimas, pero nunca me detuve. Me arrastre sin ningún pensamiento negativo, pero si con la necesidad de llegar a esas aguas del olvido que me ayudaran a continuar vivo. Estas tortugas perecieron con ese mismo principio. Su mente y su cuerpo conocían el destino, pero después de tanto sufrimiento, después de tanta batalla contra la tierra, el sol y la distancia del horizonte sus ojos, su corazón no pudo más.
Las entiendo. Y a pesar de que no he experimentado esa pesadilla de forma física, estas también se dan en el hemisferio de la mente, y en los confines del alma. Hay dolores que son invisibles. Hay heridas que no producen pestilencia. Pero existen. Estos perduran de tal manera, que no pierden su tiempo en retar a nuestra voluntad, sino que van directo a la raíz de ese sentimiento de lucha, y lo destruye. De una forma metódica, como prescrito bajo un elemento sorpresa, este ataque corrompe y comienza a matar poco a poco. Lentamente. Sin pena.

En el día de hoy, luego de una visita al médico, meditaba en todo esto. Y es que llega el momento en que la edad se mezcla con la realidad del lento deterioro que nos provee el tiempo, y descubrimos que ya nuestro cuerpo no es niño, sino un adulto bajando el tope de la montaña del vivir de manera lenta. Después de haber visto desde lo alto, volvemos a terreno nivelado de lo actual, para seguir viviendo lo que nos resta. En ocasiones, estas estampas marcadas por los años hacen un numero en nuestras vidas y llegamos a comprender que, aunque deseamos seguir luchando, aunque estemos en la disposición mental y emocional de seguir poniendo huevos en una remota isla rodeada de tiburones, llegara el momento en que el corazón dicta su tiempo. Llegara ese momento donde entenderás como te sientes, observando tristemente, lo lejos que esta el agua. Entenderás que lamentablemente, habrá batallas que no podrás ganar.

No hay fin para la disposición del poder de Dios en relación con el espíritu humano. No hay travesía que parezca imposible. No hay misión que no sea incumplible. Pero si existe una predisposición a entender que el tiempo del fin de nuestro viaje eventualmente llegará, y que el enfrentar ese nuevo y desconocido horizonte nos traerá un poco de incertidumbre y de miedo. Trataremos de seguir arrastrándonos hacia la vida como estas tortugas, pero es posible que no completemos ese viaje. Porque cuando se trata de disposiciones, lo único que vence la determinación de un deseo, el anhelo de un sueño, y la realización de una meta es cuando todos estos elementos con los que has luchado toda tu vida persisten, pero no así tu cuerpo. Es cuando de repente deseas moverte y no puedes, deseas seguir infructuosamente. Es precisamente ahí donde te das cuenta de que el deseo de pelear sucumbe cuando, no importa lo mucho que intentes, y bajo los elementos a tu alrededor se te van en contra, el corazón simplemente se rinde.

Thoughtful in The Dark / R. Cortes


***ENGLISH TRANSCRIPT***


When The Heart Gives Up

On a remote island off the coast of the country of Australia, there was a mystery that until recently could be clarified. Science tried to understand why, in a mysterious way, the sharks headed towards the waters adjacent to this islet at a specific time of the year. Electronic trackers that marine biologists were able to attach to hundreds of these majestic animals read the same trajectory. At a specific time of the year, everyone was there, as if in a socio-casual meeting.

The reason for this phenomenon was a sad one. What attracted sharks to that region was a smell. A strong smell that announced to them the unique and exclusive opportunity to feed themselves without discrimination, and without fear of scarcity. But this scent was not a traditional one. They are not the kind that emanate from the pores or pigmentation juices that identify the species of the animal about to become food. This smell I describe was the smell of death.

During that time of year, thousands of sea turtles swim to this island to lay their eggs. They travel ocean miles, over considerable time, only to leave behind the future of their species in the form of eggs buried in the earth. And it seems the process is simple. They swim there, then crawl along the land little by little, until they reach the point of depositing their eggs. Once this part has been completed, the process is reversed. They begin to move slowly on land, but this time, it is to reach the water again.

And here is where the smell of death develops. Hundreds of them, experiencing a bit of weakness when they finish the process of laying their eggs, succumb to the exhausting temperature that the sun produces there. Hundreds of them crawl to death. Many of them do not complete the cycle, and sadly, they end up dying. This mixture of a lifeless animal body, the humidity of the area and the high temperatures provided by the sun, combine to produce the unmistakable touch of its end. It is this scent that alerts sharks to the potential feeding feast they will be a part of. This smell gives them the signal that good things will happen, and the reason why everyone converges on that space of water. You may wonder where I am heading, and I promise you that the analogy will be completed.

And it is that, on occasions and in certain particular events of which I have lived, I have felt like one of those turtles. I have felt the call of considerable volume, to complete plans that involve the symbolic swim in turbulent waters and uncertainty of the soul. I have seen the need to put myself at risk, in the midst of any danger, to be sure that I am capable of living and making others live. And when I speak with this terminology, I mean that I have felt like giving everything just as those sea turtles do with their eggs, to make sure that not only I am happy, but also provide the stage of a happy life for others.

When it comes to my emotional state, I have found it necessary to drag myself to shore. I have seen the need to fight against the high temperatures of the soul, and against the clairvoyant bleeding that the grains of earth produce on my skin. I have witnessed on many occasions, how I see others reach the water, only to disappear into the depths of options. I see others being devoured by conflict disguised as sharks, and whose sharp teeth designed to tear emotional tissue, do exactly that. They destroy the cells of desire, the fibers of thought, the sinews of opportunity, and the muscles of dreams. The beautiful blue of the ocean suddenly mixes with the red of the end.

And since these turtles did not foresee that the high temperatures would end their lives, they continued the process without thinking about the dangers or consequences. This was for them, a normal cycle of life. It was a necessary thing to do. I did the same. I never stopped and I never felt afraid of the consequences of risking to esteem, to love or even to care for someone. I was always aware of how long that journey would be, and all the dangers that I might encounter. I always knew that the island where all this would come true was far away, but I also believed in the indelible support of the sea currents in the form of the beating of my heart.

I always swam without fear, always took risks without thinking. Year after year, from country to country, from one house to another, I always suffered the conditions of this assignment, but I never gave up. Just like these majestic turtles, I dragged myself towards my destiny until I could do it no longer. I ate dirt, I drank my own sweat and tears, but I never stopped. I crawled without any negative thoughts, but with the need to reach those waters of oblivion that would help me continue to live. These tortoises perished on the same principle. Their mind and body knew destiny, but after so much suffering, after so much battle against the earth, the sun and the distance from the horizon in their eyes, their hearts could not take it anymore.
I understand them. And although I have not experienced this nightmare physically, they also occur in the hemisphere of the mind, and in the confines of the soul. Some forms of pain are invisible. There are wounds that do not produce pestilence. But they exist. These last in such a way that they do not waste their time in challenging our will, but go directly to the root of that feeling of struggle, and destroy it. In a methodical way, as prescribed under an element of surprise, this attack corrupts and begins to kill little by little. Slowly. Without shame.

Today, after a visit to the doctor, I meditated on all this. And it is because there comes a time when age mixes with the reality of the slow deterioration that time provides us. And we discover that our body is no longer a child, but an adult descending from the top of the mountain of a slowly living life. After having seen from above, we return to the level ground of the present, to continue living what remains for us. Sometimes, these stamps marked by the years make a number in our lives and we come to understand that although we want to continue fighting, although we are in the mental and emotional disposition to continue laying eggs on a remote island surrounded by sharks, the time will come when the heart dictates its time. That moment will come where you will understand how you feel, observing sadly, how far away the water is. You will understand that unfortunately, there will be battles that you will not win.

There is no end to the disposition of God's power in relation to the human spirit. There is no journey that seems impossible. There is no mission that is not unfulfillable. But there is a predisposition to understand that the time of the end of our journey will eventually come, and that facing this new and unknown horizon will bring us a bit of uncertainty and fear. We will try to continue crawling towards life like these turtles, but we may not complete that journey. Because when it comes to dispositions, the only thing that wins the determination of a desire, the longing for a dream, and the realization of a goal is when all these elements with which you have fought all your life persist, but not your body. It's when you suddenly want to move and you can't, you want to continue unsuccessfully. It is precisely there that you realize that the will to fight succumbs when no matter how hard you try, and under the elements around you are against you, and the heart simply gives out.

Thoughtful in The Dark / R. Cortes